domingo, 30 de mayo de 2010

Cumplimos nuestro primer año!!

Hace un año comenzamos con este blog, esperamos cumplir muchos más y compartir cada día más noticias e información acerca de la Iglesia, los SUDs, sus creencias y tradiciones. Así como ser un medio para compartir ideas y experiencias.

Te invitamos a participar de nuestro blog y compartirlo con más personas.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Se llama a nuevos Setenta de Área en Chile

Tomado de www.lds.cl 
El 3 de Abril de 2010, en la sesión del sábado por la tarde de la Conferencia General Anual número 180, la Primera Presidencia anunció el relevo de los hermanos Gabriel A. Campos y Dinar M. Reyes, así como el llamamiento de dos nuevos Setentas de Área en Chile.

Élder Valentín F. Núñez
El élder Núñez es Gerente de Recursos de Empleo de la Iglesia. Al momento de ser llamado como Setenta de Área se desempeñaba como presidente de la estaca Santiago Chile San Miguel. Ha servido como obispo, miembro del Sumo Consejo, presidente de rama y líder de sumos sacerdotes. Casado con María Victoria Herrera, con quien tiene tres hijos.
Élder Gerardo J. Wilhelm
El élder Wilhelm actualmente reside en Puerto Montt, Región de los Lagos y se desempeña como empresario en la zona. Al momento de ser llamado estaba sirviendo como consejero de la estaca Puerto Montt Chile. Ha servido como miembro del Sumo Consejo, presidente de la Misión Chile Viña del Mar y presidente de la estaca Puerto Montt. Casado con Silvia Caamaño con quien tiene tres hijos.

lunes, 10 de mayo de 2010

Ayúdenlos en el camino de regreso al hogar

Tomado de Mensajes Conferencia General 180 Abril http://www.lds.org/

Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia
"Ayudamos mejor a los hijos de Dios al proporcionarles maneras de edificar su fe en Jesucristo y Su evangelio restaurado mientras son jóvenes".



Hermanos y hermanas, nuestro Padre Celestial quiere y necesita nuestra ayuda para llevar a Sus hijos espirituales de regreso a Él. Hoy hablo de los jóvenes que ya están dentro de Su Iglesia verdadera y que ya han emprendido el camino estrecho y angosto para regresar a su hogar celestial. Él quiere que ellos obtengan a temprana edad la fortaleza espiritual para permanecer en el sendero; y necesita nuestra ayuda para que regresen al sendero rápidamente si empiezan a desviarse.



Yo era un joven obispo cuando empecé a ver con claridad por qué el Señor quiere que fortalezcamos a los niños mientras son pequeños y que los rescatemos rápidamente. Les contaré el relato de una joven que representa a muchos de los que he tratado de ayudar a lo largo de los años.



Ella estaba sentada frente a mí, del otro lado de mi escritorio de obispo. Me habló de su vida. Había sido bautizada y confirmada como miembro de la Iglesia cuando tenía ocho años. No derramó ninguna lágrima mientras se refería a los más de veinte años que siguieron, pero había tristeza en su voz. Dijo que la senda que la había llevado hacia el pecado había comenzado con decisiones de relacionarse con personas que ella pensaba que eran impresionantes. Pronto empezó a violar lo que al principio parecían ser mandamientos menos importantes.



Al principio sentía un poco de tristeza y un poco de culpa, pero la relación con sus amigos proporcionaba una nueva sensación de ser aceptada; y así, la resolución esporádica de arrepentirse parecía cada vez menos importante. A medida que aumentaba la gravedad de los mandamientos que quebrantaba, el sueño de un hogar feliz y eterno parecía desvanecerse.



Estaba sentada frente a mí, y se refirió a su situación como miserable. Quería que la rescatara de la trampa del pecado a la cual se encontraba atada. Pero la única manera de salir era que ella ejercitara la fe en Jesucristo, tuviera un corazón quebrantado, se arrepintiera y, de ese modo, fuera limpia, cambiada y fortalecida mediante la expiación del Señor. Le di mi testimonio de que todavía era posible. Y lo fue, pero resultó mucho más duro de lo que hubiera sido ejercitar la fe temprano en su vida en el camino de regreso a Dios y cuando recién había comenzado a desviarse.



Entonces, ayudamos mejor a los hijos de Dios al proporcionarles maneras de edificar su fe en Jesucristo y Su evangelio restaurado mientras son jóvenes. Y luego debemos ayudar a reavivar esa fe rápidamente, antes de que se debilite al desviarse del sendero.



De modo que ustedes y yo podemos esperar una oportunidad casi constante de ayudar a los viajeros que hay entre los hijos de Dios. El Salvador nos dijo por qué sería así cuando describió la peligrosa jornada de regreso para todos los hijos espirituales de Dios a través de los vapores de tinieblas que crean el pecado y Satanás:



“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino, que conduce a la perdición, y muchos son los que entran por ella;



“porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que conduce a la vida, y pocos son los que la hallan”1.



Previendo las necesidades de Sus hijos, un amoroso Padre Celestial puso indicaciones y rescatadores a lo largo del camino. Envió a Su Hijo Jesucristo para hacer un pasaje seguro que sea posible y visible. Llamó al presidente Thomas S. Monson como Su profeta en estos tiempos. Desde su juventud, el presidente Monson ha enseñado no sólo la manera de permanecer en el sendero, sino la forma de rescatar a los que han sido conducidos al pesar.



El Padre Celestial nos ha asignado una gran variedad de puestos para fortalecer y, cuando sea necesario, conducir a los viajeros a un lugar seguro. Nuestras asignaciones más importantes y poderosas están en la familia; son importantes porque la familia tiene la oportunidad, al comienzo de la vida de un niño, de poner sus pies firmemente en el sendero de regreso al hogar. Los padres, hermanos, abuelos y tíos se convierten en guías más poderosos por los lazos de amor que constituyen la naturaleza misma de la familia.



La familia tiene una ventaja en los primeros ocho años de la vida de un niño. En esos años de protección, debido a la expiación de Jesucristo, se bloquea el uso que hace Satanás de los vapores de tinieblas para esconder el camino de regreso al hogar. En esos preciados años, el Señor ayuda a las familias al llamar a personas a trabajar en la Primaria para que ayuden a fortalecer a los niños espiritualmente. Además, Él proporciona poseedores del Sacerdocio Aarónico para que ofrezcan la Santa Cena. En esas oraciones de la Santa Cena, los niños escuchan la promesa de que algún día podrán recibir al Espíritu Santo como guía si son obedientes a los mandamientos de Dios. Como consecuencia, los niños son fortalecidos para resistir la tentación cuando ésta venga y, después, en algún día futuro, para ir a rescatar a otras personas.



Muchos obispos de la Iglesia sienten la inspiración de llamar a las personas más fuertes del barrio para servir a los niños de manera individual en la Primaria. Se dan cuenta de que, si los niños son fortalecidos con fe y un testimonio, tendrán menores probabilidades de que necesiten rescate como adolescentes. Se dan cuenta de que un fuerte cimiento espiritual puede tener un impacto positivo para toda la vida.



Todos podemos ayudar. Las abuelas, los abuelos y todos los miembros que conozcan a los niños pueden ayudar. No hay que tener un llamamiento formal en la Primaria ni hay límites de edad. Ése fue el caso de una mujer que, cuando era más joven, formó parte de la mesa general de la Primaria que ayudó a crear el lema HLJ.



Ella nunca se cansó de prestar servicio a los niños. Enseñó en la Primaria de su barrio, porque ella lo pidió, hasta casi los noventa años. Los niñitos podían sentir su amor; veían su ejemplo; aprendían de ella los sencillos principios del evangelio de Jesucristo. Y, sobre todo, debido a su ejemplo, aprendieron a sentir el Espíritu Santo y a reconocerlo. Y cuando lo hicieron, ya estaban bien encaminados hacia la fe que se necesita para resistir la tentación. Ellos tendrían menos probabilidades de que necesitaran ser rescatados, y estarían preparados para ir a rescatar a otras personas.



Aprendí sobre el poder de la fe sencilla en la oración y en el Espíritu Santo cuando nuestros hijos eran pequeños. Nuestro hijo mayor todavía no se había bautizado. Sus padres, maestros de la Primaria y siervos del sacerdocio habíamos tratado de ayudarlo a sentir y a reconocer el Espíritu y a saber cómo recibir Su ayuda.



Una tarde, mi esposa lo había llevado a la casa de una mujer que le estaba enseñando a leer. Nuestro plan era que yo lo fuera a recoger cuando regresara del trabajo.



La clase terminó antes de lo que esperábamos y, como él se sentía seguro de que conocía el camino de regreso a nuestra casa, empezó a caminar. Luego de lo sucedido, dijo que tenía plena confianza en sí mismo y que le había gustado la idea de recorrer el trayecto solo. Después de haber caminado casi un kilómetro, empezó a oscurecer y comenzó a darse cuenta de que todavía estaba muy lejos de casa.



Todavía recuerda que las luces de los autos que iban pasando se veían borrosas a causa de las lágrimas. Se sentía como un niño pequeño, y no como el muchacho que había empezado a caminar solo de regreso a casa. Se dio cuenta de que necesitaba ayuda. Entonces algo acudió a su memoria. Supo que debía orar, así que se alejó de la calle y se dirigió hacia unos árboles que apenas podía ver en la oscuridad y encontró un lugar para arrodillarse.



En medio de los arbustos, oyó voces que se acercaban hacia él. Dos jóvenes lo habían oído llorar. Al acercarse, le preguntaron: “¿Podemos ayudarte?”. Entre lágrimas, les dijo que estaba perdido y que quería regresar a casa. Le preguntaron si sabía el número telefónico o la dirección de su casa, pero no los sabía. Le preguntaron su nombre; eso sí lo sabía. Lo llevaron a un lugar cercano donde vivían, y encontraron nuestro apellido en la guía telefónica.



Cuando recibí la llamada, me apresuré a ir al rescate, agradecido de que se había puesto a gente bondadosa en su camino de regreso a casa. Y siempre he agradecido que se le enseñó a orar con fe en que recibiría ayuda cuando estuviera perdido. Esa fe lo ha conducido a un lugar seguro y ha llevado hacia él a más rescatadores más veces de las que él puede contar.



El Señor ha puesto un modelo de rescate y rescatadores en Su reino. En Su sabiduría, el Señor ha inspirado a Sus siervos a poner algunos de los medios más poderosos para fortalecernos y a colocar a los mejores rescatadores conforme se pasa por los años de la adolescencia.



Ustedes conocen dos programas poderosos proporcionados por el Señor. Uno, para las mujeres jóvenes, se llama Progreso Personal. El otro, para los poseedores del Sacerdocio Aarónico, se llama Mi Deber a Dios. Instamos a los jóvenes de la nueva generación a ver su propio potencial para lograr una gran fortaleza espiritual. Y rogamos a quienes se interesan en esta gente joven, que estén a la altura de lo que el Señor requiere para ayudarlos. Ya que el futuro de la Iglesia depende de ellos, todos nos interesamos en ellos.



Los dos programas se han mejorado, pero su propósito sigue siendo el mismo. El presidente Monson lo dijo de esta manera: debemos “aprender lo que debemos aprender, hacer lo que debemos hacer y ser lo que debemos ser”2.



En el librito del Progreso Personal para las mujeres jóvenes leemos claramente cuál es el objetivo: “En el programa del Progreso Personal se utilizan los ocho valores de las Mujeres Jóvenes para ayudarte a comprender plenamente quién eres, por qué estás aquí sobre la tierra y lo que debes estar haciendo como hija de Dios para prepararte para el día en que vayas al templo a hacer convenios sagrados”.



Sigue diciendo que las Mujeres Jóvenes aprenderán a “hacer compromisos, a llevarlos a cabo y a informar de [su] progreso a uno de [sus] padres o a una de [sus] líderes”. Además, promete que “los modelos que establezca[n] al trabajar en el Progreso Personal — tal como la oración, el estudio de las Escrituras, el servicio y el llevar un diario— se convertirán en hábitos diarios personales que fortalecerán [su] testimonio y [las] ayudarán a aprender y a superar[se] durante toda la vida”3.



El programa Mi Deber a Dios para los hombres jóvenes del Sacerdocio Aarónico se ha reforzado y simplificado. Estará contenido en un solo libro para los tres oficios del Sacerdocio Aarónico. Los hombres jóvenes y sus líderes recibirán un ejemplar de este nuevo libro. Es una herramienta poderosa. Fortalecerá el testimonio de los hombres jóvenes y su relación con Dios. Los ayudará a aprender los deberes del sacerdocio y a desear cumplir con ellos. Fortalecerá la relación con sus padres, entre los miembros del quórum, y con sus líderes.



Ambos programas ponen gran responsabilidad en los esfuerzos de los jóvenes mismos. Se les invita a aprender y a hacer cosas que serían desafiantes para cualquier persona. Al reflexionar en cuanto a mi propia juventud, no recuerdo que se me haya desafiado tanto. Es cierto que en algunas ocasiones se me invitaba a ponerme a la altura de pruebas de ese tipo, pero sólo de vez en cuando. Estos programas requieren constancia, gran esfuerzo y la acumulación de enseñanzas y experiencias espirituales a lo largo de los años.



Al reflexionar en ello, me di cuenta de que el contenido de estos libritos es una representación física de la confianza que el Señor tiene en la nueva generación y en todos los que los amamos. Y he visto indicios de que esa confianza está depositada correctamente.



En algunas visitas, he visto quórumes del Sacerdocio Aarónico en acción. He visto a hombres jóvenes que siguen modelos de aprendizaje, que hacen planes para hacer lo que Dios quiere de ellos y que entonces se ponen en movimiento para hacer lo que se han comprometido a hacer y que comparten con los demás cómo fueron cambiados espiritualmente. Y al verlos y escucharlos, se hizo evidente que padres, madres, líderes, amigos e incluso vecinos de la congregación sintieron el Espíritu al escuchar a los jóvenes testificar cómo habían sido fortalecidos. Los jóvenes fueron elevados al dar su testimonio, y también lo fueron las personas que estaban tratando de ayudarlos a superarse.



El programa de las Mujeres Jóvenes contiene el mismo modelo poderoso para desarrollar fortaleza espiritual en las mujeres jóvenes y para brindarnos la oportunidad de ayudar. El Progreso Personal ayuda a las mujeres jóvenes a prepararse para recibir las ordenanzas del templo; ellas reciben ayuda mediante el ejemplo de madres, abuelas y de cada mujer justa que las rodea en la Iglesia. He visto cómo los padres ayudaban a una hija a lograr sus metas y sueños al notar y agradecer todas las buenas cosas que ella hace.



Hace pocos días, vi a una madre de pie junto a su joven hija para recibir un reconocimiento por haber logrado juntas ser ejemplos de mujeres virtuosas extraordinarias; y cuando compartieron conmigo lo que había significado para ellas, sentí la aprobación y el ánimo del Señor para todos nosotros.



De toda la ayuda que podamos ofrecer a estos jóvenes, la más grande será el hacerles sentir que confiamos en que están en el sendero de regreso a Dios y que pueden lograrlo. Y la mejor manera de hacerlo es ir junto a ellos. Debido a que el camino es empinado y a veces rocoso, en ocasiones se sentirán desanimados e incluso tropezarán. Quizá a veces se sientan confundidos en cuanto a su destino y se desvíen en pos de metas eternamente menos importantes. Estos programas inspirados hacen que esto sea menos probable, puesto que conducirán a la juventud a invitar y a recibir la compañía del Espíritu Santo.



El mejor consejo que podemos darle a la juventud es que podrán regresar al Padre Celestial sólo si son guiados y corregidos por el Espíritu de Dios. Por eso, si somos sabios, animaremos, elogiaremos y ejemplificaremos todo lo que invite la compañía del Espíritu Santo. Cuando compartan con nosotros lo que hacen y sienten, nosotros mismos debemos ser merecedores de tener el Espíritu. Entonces, ellos sentirán en nuestro elogio y nuestras sonrisas, la aprobación de Dios. Y, en caso de que sintamos la necesidad de dar un consejo correctivo, sentirán nuestro amor y el amor de Dios en ello, y no la reprimenda y el rechazo, los cuales pueden dar lugar a que Satanás los aleje más.



El ejemplo que más necesitan de nosotros es que hagamos lo que ellos deben hacer. Debemos pedir en oración los dones del Espíritu. Debemos meditar en cuanto a las Escrituras y las palabras de los profetas vivientes. Debemos hacer planes que no sean sólo deseos, sino convenios; y, entonces, debemos guardar las promesas que hacemos al Señor y debemos elevar a los demás al compartir con ellos las bendiciones de la Expiación que hemos recibido en nuestra vida.



Y debemos ejemplificar en nuestra propia vida la fidelidad constante y prolongada que el Señor espera de ellos. Al hacerlo, los ayudaremos a sentir del Espíritu una seguridad de que, si persisten, escucharán las palabras de un amoroso Salvador y del Padre Celestial: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor”4. Y quienes les hayamos ayudado a lo largo del camino escucharemos esas palabras con gozo.



Testifico que el Señor los ama a ustedes y a cada hijo de Dios. Éste es Su reino, restaurado con las llaves del sacerdocio mediante el profeta José Smith. Thomas S. Monson es el profeta del Señor en la actualidad. Prometo a cada uno de ustedes que, al seguir la dirección inspirada que hay en ésta, la Iglesia verdadera de Jesucristo, nuestros jóvenes, y aquellos que los ayudamos y los amamos, llegaremos a salvo a nuestro hogar con el Padre Celestial y el Salvador, para vivir en familias y con gozo para siempre. En el nombre de Jesucristo. Amén.



Notas

1. 3 Nefi 14:13–14.
2. Thomas S. Monson, “Aprendamos, hagamos, seamos,” Liahona, noviembre de 2008, pág. 67.
3. Mujeres Jóvenes: Progreso Personal, librito, 2009, pág. 6.
4. Mateo 25:21.

martes, 4 de mayo de 2010

El llamamiento divino de un misionero

Tomado de Discursos Conferencia General abril N° 180

El Señor necesita que todo joven capaz se prepare y se vuelva a comprometer, a partir de esta noche, a ser digno de un llamado del profeta de Dios de servir en una misión.

Buenas noches, mis queridos hermanos del sacerdocio. Esta noche me gustaría hablar del servicio misional. Dirijo mis palabras al enorme ejército de hombres jóvenes que poseen el Sacerdocio Aarónico que están reunidos por todo el mundo, y a los padres, abuelos y líderes del sacerdocio que velan por ellos.
 
La obra misional es un tema muy querido para mí, como lo es para todos los miembros de los ocho Quórumes de los Setenta, a quienes el Señor ha nombrado para que vayan “delante de sí a toda ciudad y lugar a donde él [ha] de ir”1. La obra misional es el alma de la Iglesia y la bendición que salva la vida de todos los que acepten su mensaje.

Cuando el Maestro ministró entre los hombres, llamó a pescadores en Galilea para que dejaran sus redes y lo siguieran, y les declaró: “…os haré pescadores de hombres”2. El Señor dio esos llamamientos a hombres humildes para que, por medio de ellos, otros oyeran las verdades de Su evangelio y vinieran a Él.

En junio de 1837, el profeta José Smith llamó a Heber C. Kimball, un apóstol, a servir en una misión en Inglaterra. El llamamiento del élder Kimball llegó cuando los dos estaban sentados en el Templo de Kirtland, y José habló con autoridad divina: “Hermano Heber, el Espíritu del Señor me ha susurrado: ‘Que mi siervo Heber vaya a Inglaterra y proclame el Evangelio y abra la puerta de la salvación para esa nación’”3.
 
Ese susurro del Espíritu es un ejemplo de cómo llega el llamamiento a los siervos del Señor para enviar misioneros a sus áreas de trabajo.

Hoy los misioneros salen de dos en dos como lo señaló el Señor, llevando el mismo mensaje, con el mismo llamamiento divino de servir, proveniente de un profeta de Dios. Nuestro profeta, el presidente Thomas S. Monson, ha dicho de los que son llamados a servir: “La máxima oportunidad misional de su vida está a su alcance; las bendiciones de la eternidad los aguardan; tienen el privilegio de no ser espectadores sino participantes en el escenario del servicio del sacerdocio”4.

El escenario les pertenece, mis queridos jóvenes del Sacerdocio Aarónico. ¿Están listos y dispuestos a desempeñar su papel? El Señor necesita que todo joven capaz se prepare y se vuelva a comprometer, a partir de esta noche, a ser digno de un llamado del profeta de Dios de servir en una misión.

Recuerdo con cariño la gran alegría de toda nuestra familia cuando dos de nuestros hijos recibieron sus llamamientos para servir como misioneros de tiempo completo. Nuestro corazón estaba lleno de entusiasmo y expectativa cuando cada uno abrió la carta especial del profeta de Dios. Nuestra hija Jenessa fue llamada a servir en la Misión Michigan Detroit; y nuestro hijo Christian a la Misión Rusia Moscú Sur. ¡Qué experiencias tan emocionantes que a la vez nos hicieron sentir humildes!

Hace algunos años, cuando mi esposa y yo tuvimos el privilegio de presidir la Misión Nueva York Nueva York Norte, me maravillaba al ver llegar a los misioneros a la ciudad de Nueva York.

Al entrevistarlos el primer día de su misión, sentía profunda gratitud por cada misionero. Sentía que su llamamiento a nuestra misión había sido diseñado por Dios para ellos, y para mí, como su presidente de misión.

Al concluir nuestra asignación misional, el presidente Gordon B. Hinckley me llamó a servir como Setenta de la Iglesia. Como parte de mi capacitación inicial como nueva Autoridad General, tuve la oportunidad de sentarme con algunos miembros de los Doce cuando asignaban a misioneros para servir en una de las más de 300 misiones de esta gran Iglesia.

Con el permiso del presidente Henry B. Eyring, y alentado por él, me gustaría contarles una experiencia muy especial que tuvimos hace varios años cuando él era miembro del Quórum de los Doce. Cada uno de los apóstoles tiene las llaves del reino y las ejerce bajo la dirección y asignación del Presidente de la Iglesia. El élder Eyring estaba asignando misioneros a sus respectivas áreas de trabajo y, como parte de mi capacitación, se me invitó a observar.

Me reuní con el élder Eyring temprano por la mañana en un cuarto donde se habían preparado varios monitores grandes de computadoras para la sesión. También se encontraba allí un miembro del personal del Departamento Misional a quien se le había asignado ayudarnos ese día.

Primero nos arrodillamos juntos en oración. Recuerdo que el élder Eyring utilizó palabras muy sinceras al pedir al Señor que lo bendijera para saber “perfectamente” a qué lugar se debía asignar a los misioneros. La palabra “perfectamente” indica mucho en cuanto a la fe que el élder Eyring mostró ese día.

Para comenzar el proceso, aparecía en el monitor de la computadora la foto del misionero o la misionera a quien se daría la asignación. Al aparecer cada foto, me parecía como si el misionero o la misionera estuviera en el cuarto con nosotros. Entonces el élder Eyring saludaba al misionero con su voz gentil y agradable: “Buenos días, élder Reier o hermana Yang. ¿Cómo está usted hoy?”.

Me dijo que le gustaba imaginarse dónde concluirían su misión los misioneros; eso le ayudaba a saber a dónde se les debía asignar. Luego, el élder Eyring analizaba los comentarios de los obispos y los presidentes de estaca, las notas médicas y otros aspectos relacionados con cada misionero.

Después, miraba otra pantalla en donde aparecían las áreas y las misiones alrededor del mundo. Finalmente, según le indicaba el Espíritu, asignaba al misionero o a la misionera a su área de trabajo.

De otros miembros de los Doce he aprendido que ese método general es usual cada semana cuando los Apóstoles del Señor asignan a muchos misioneros a dar servicio por todo el mundo.

En vista de que años atrás yo había prestado servicio como misionero en mi país, en la Misión de los Estados del Este, esa experiencia me conmovió profundamente. Además, al haber servido como presidente de misión, estaba agradecido de tener otra confirmación en el corazón de que los misioneros que había recibido en la ciudad de Nueva York se me habían enviado por revelación.

Después de asignar a varios misioneros, el élder Eyring se dirigió a mí mientras reflexionaba sobre un misionero en particular y dijo: “Hermano Rasband, ¿a dónde cree que debe ir este misionero?”. ¡Me sobresalté! Le indiqué suavemente que no sabía, ¡y que tampoco sabía si yo podía saber! Me miró de frente y simplemente me dijo: “Hermano Rasband, preste más atención, ¡y también podrá saber!”. Después de eso, acerqué mi silla un poco más al élder Eyring y a los monitores, ¡y sí presté mucho más atención!

Un par de veces más al continuar el proceso, el élder Eyring se volvió hacia mí y me preguntó: “Bueno, hermano Rasband, ¿a dónde siente que debe ir este misionero?”. Yo le nombraba una misión en particular y el élder Eyring me miraba pensativo y decía: “¡No, no es esa!”, y asignaba al misionero a la misión a la que él había sentido que debía ir.

Casi al finalizar las asignaciones, apareció la foto de cierto misionero en la pantalla. Tuve una impresión muy fuerte, la más fuerte de toda la mañana, de que ese misionero que teníamos enfrente debía ser asignado a Japón. Yo no sabía si el élder Eyring me iba a preguntar sobre ese misionero, pero increíblemente lo hizo. Con vacilación y humildad le dije: “¿A Japón?”. El élder Eyring respondió de inmediato: “Sí, vayamos allí”. Aparecieron en el monitor las misiones de Japón, y en el acto supe que el misionero debía ir a la Misión Japón Sapporo.

El élder Eyring no me preguntó el nombre exacto de la misión, pero asignó al misionero a la Misión Japón Sapporo.

En lo profundo de mi corazón me sentí muy conmovido y sinceramente agradecido al Señor por permitirme tener esa impresión, y saber a dónde debía ir ese misionero.

Al terminar la reunión, el élder Eyring me testificó del amor que el Salvador tiene por cada uno de los misioneros asignados a salir al mundo a predicar el Evangelio restaurado. Dijo que es por el gran amor del Salvador que Sus siervos saben a dónde deben ir a prestar servicio esos maravillosos hombres y mujeres jóvenes, misioneros mayores y matrimonios misioneros. Recibí un testimonio más esa mañana de que cada misionero a quien se llama en esta Iglesia, y que se asigna o reasigna a una misión en particular, es llamado por revelación del Señor Dios Todopoderoso mediante uno de éstos, Sus siervos.

Concluyo con las palabras del Señor a los hermanos Whitmer, que desempeñaron un papel muy importante en los inicios de la Restauración. Ellos fueron testigos de las planchas de oro, y sus testimonios firmados se encuentran en las primeras páginas de cada ejemplar del Libro de Mormón. Ellos formaron parte del primer grupo de misioneros llamados por un profeta de Dios en 1829 para predicar el evangelio del Señor Jesucristo.

En el prefacio de la sección 14 de Doctrina y Convenios dice: “Tres de los hijos de la familia Whitmer, habiendo recibido cada uno de ellos un testimonio en cuanto a la autenticidad de la obra, se interesaron profundamente en el asunto de su deber individual”.

A John y Peter Whitmer, hijo, el Señor les dijo esto: “Porque muchas veces has deseado saber de mí lo que para ti sería de mayor valor”5.

Supongo que muchos de ustedes, jóvenes, se han hecho la misma pregunta. Aquí está la respuesta del Señor: “Y ahora bien, he aquí, te digo que lo que será de mayor valor para ti será declarar el arrepentimiento a este pueblo, a fin de que traigas almas a mí, para que con ellas reposes en el reino de mi Padre”6.

A estas alturas de su vida, mis jóvenes amigos, un llamamiento misional del Señor es la obra más importante que pueden hacer. Prepárense ahora, vivan con rectitud, aprendan de su familia y de sus líderes de la Iglesia, y únanse a nosotros para edificar el reino de Dios sobre la tierra: acepten su nombramiento divino en “una causa tan grande”7. Ésta es mi humilde oración en el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

1. Lucas 10:1.
2. Mateo 4:19.
3. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 347.
4. Thomas S. Monson, “That All May Hear”, Ensign, mayo de 1995, pág. 49; véase también “…Haced discípulos a todas las naciones”, Liahona, julio de 1995, pág. 55.
5. Doctrina y Convenios 15:4; 16:4.
6. Doctrina y Convenios 15:6; 16:6.
7. Doctrina y Convenios 128:22

Nuevas estacas en Utah y Venezuela

Dos estacas fueron creadas hace dos semanas en Utah y Venezuela. En Venezuela la nueva estaca San Felix fue creada desde Estaca Venezuela Guayana, la nueva estaca tiene seis unidades. En Venezuela con lo anterior hay 28 estacas y 6 distritos.