lunes, 18 de enero de 2010

La Doctrina y Convenios y la revelación moderna


Traducido de James E. Faust, "The Doctrine and Covenants and Modern Revelation" in Sperry Symposium Classics: The Doctrine and Covenants (Provo and Salt Lake City: Religious Studies Center and Deseret Book, 2004), 1-9.
 Presidente James E. Faust(1920-2007)
Mis queridos hermanos y hermanas, me siento muy humilde por estar participando junto a tantos distinguidos eruditos al tratar diversas dimensiones de la Doctrina y Convenios. Mis sentimientos en parte se derivan por el hecho de que nunca me he sentido cómodo con que se me considere un erudito. Me gustaría extenderme sobre un tema de la Doctrina y Convenios: "Declararás las cosas que han sido reveladas a mi siervo José Smith, hijo" (D. y C. 31:4). A eso yo agregaría "y a sus sucesores."
 El decano de la escuela de leyes a la que asistí nos repetía constantemente que su misión principal no era enseñarnos leyes, porque las leyes cambiarían; mas bien, su misión era enseñarnos a pensar recta y claramente, con base a principios sanos.
 Comparando esa declaración a nuestra tarea de hoy, nos damos cuenta que el conjunto de las escrituras modernas solamente ha cambiado en el sentido de que no son estáticas ni están cerradas sino que constantemente están aumentando. Hoy deseo brindar alguna orientación, manteniendo recta nuestra forma de pensar, con respecto al proceso y la importancia de la revelación moderna así como de su contenido.
 Con la intención de dar un antecedente a dicha orientación con respecto a la Doctrina y Convenios, creo que es bueno empezar con la declaración del profeta José Smith: "Declaré a los hermanos que el Libro de Mormón es el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios a seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro."[1] Esta declaración no le quita nada a las otras escrituras. El Libro de Mormón es una clave para entender la Biblia. También sabemos que la Doctrina y Convenios es diferente a las demás.
 Más allá de la declaración de José concerniente al Libro de Mormón como la clave de nuestra religión, no me siento a gusto al tratar de clasificar a nuestros libros canónicos en términos de su importancia. Cada uno es distinto. Cada uno es la palabra de Dios. Cada uno es especial. Cada uno es vital para entender los principios del evangelio. Cada uno es esencial para nuestra salvación. Siendo que las revelaciones continuas están llegando constantemente a esta institución divina, yo sugeririría que diéramos más prioridad a las declaraciones de los profetas modernos que a las que se recibieron hace muchos, muchos siglos y que se dieron para pueblos distintos y en diferentes épocas. Por ejemplo, siento que el consejo del profeta actual debe recibir mucha más atención que los pronunciamientos de Ezequiel.
 Sin embargo, de todas las escrituras, la Doctrina y Convenios es especial por muchas razones. Es especial porque, a diferencia del libro de Apocalipsis, no está cerrado. El Señor ha hecho declaraciones contemporáneas a nuestros bisabuelos, a nuestros abuelos, a nuestros padres, a nosotros y a nuestros hijos. Además, para quienes leen inglés, no ha pasado por ninguna traducción. Es una primera impresión del Señor en inglés. Todas las demás escrituras son, en su gran mayoría, traducciones de idiomas arcaicos.
 En un esfuerzo por tratar de entender la naturaleza de cómo es que viene la revelación, es esencial que entendamos que el derecho y la función de la inspiración vienen por medio de las llaves. Quizás valga la pena que haga algunas observaciones personales con relación a la revelación más recientemente agregada a la Doctrina y Convenios y que se conoce como la Declaración Oficial 2. Todavía vivimos algunos de quienes tuvimos la oportunidad de observar muy de cerca esta gran revelación. Quizás sea conveniente para mí que comente acerca de algunos de sus antecedentes. La declaración número 2, por supuesto, se refiere a que se conceda el sacerdocio a todos los varones dignos miembros de la Iglesia. Esto es muy significativo por muchas razones, incluyendo el hecho de que con la llegada de esta revelación, literalmente todo el mundo se abrió para la difusión de la obra de Dios. Las llaves, las bendiciones, las investiduras, incluso las de los antiguos patriarcas, ahora están al alcance de todos. Acerca de esto, el Presidente Spencer W. Kimball dijo:



        Como ustedes saben, el nueve de junio se cambió una política que afecta a un gran número de personas en todo el mundo. Millones y millones de personas se verán afectadas por la revelación que llegó. Recuerdo muy vividamente que día tras día iba al templo y subía al cuarto piso que es donde efectuamos nuestras asam-bleas solemnes y donde tenemos las reuniones de Los Doce y la Primera Presidencia. Después de que todos habían salido del templo, me arrodillaba y oraba. Oraba con mucho fervor. Sabía que estaba ante nosotros algo extremadamente importante para muchos de los hijos de Dios. Sabía que podríamos recibir revelaciones del Señor solamente si eramos dignos y estábamos listos para ponerlas en práctica. Día tras día fui solo a los salones superiores del templo y allí con gran solemnidad y seriedad ofrecí mi alma y mis esfuerzos a fin de seguir adelante con la obra. Quería hacer lo que él quisiera. Le comenté eso al Señor y le dije: 'Señor, solamente deseo lo que sea justo. No estamos planificando tener una acción espectacular. Solamente queremos lo que Tú desees, y lo queremos cuando Tú quieras y no antes.'
        Nos reunimos vez tras vez con el Consejo de los Doce Apóstoles, en el santo cuarto en donde hay varias cuadros del Salvador en distintas actitudes y en donde están las fotografías de todos los Presidentes de la Iglesia. Al fin tuvimos la impresión y el sentimiento, por parte del Señor, que nos lo aclaró, que debíamos poner el evangelio al alcance de todos los pueblos dignos.[2]

Acerca de esta experiencia, el Élder Bruce R. McConkie dice: "Fue en un glorioso día de junio en 1978. Nos encontrábamos todos reunidos en el aposento alto del Templo de Salt Lake. Nos encontrábamos en ferviente oración, suplicando al Señor que nos manifestase su voluntad y deseo para aquellos que tenían derecho a recibir su santo sacerdocio. El mismo presidente Kimball articulaba las palabras expresando los deseos de nuestros corazones a aquel Dios cuyos siervos somos." Un poco antes en esa misma reunión el Presidente Kimball había propuesto la posi-bilidad de conferir el sacerdocio a todas las razas. El Élder McConkie continúa: "El Presidente volvió a plantear el problema, nos recordó los argumentos anteriores y dijo que había pasado muchos días a solas en este aposento alto suplicando al Señor respuesta a nuestras oraciones. Manifestó que si su respuesta era mantenernos en nuestra posición actual de negar el sacerdocio a la descendencia de Caín, como el Señor hasta entonces había ordenado, que estaba dispuesto a defender hasta la muerte esta postura. Empero, dijo, si había por fin llegado el largamente esperado día, en que debía quitarse la maldición del pasado, pensó que tal vez podríamos persuadir al Señor a que nos lo manifestara. Expresó la esperanza de que recibiéramos una respuesta clara de una forma u otra para terminar con el asunto."[3]
Una semana después de la reunión a la que se refirió el Élder McConkie, todas las Autoridades Generales fueron convocados a una reunión especial en el aposento alto del templo. El Presidente Kimball anunció la revelación, la cual fue recibida con gran gozo por todos los hermanos. Al dirigirnos a la reunión iba con uno de los Presidentes del Primer Quórum de los Setenta (en esa época yo no era miembro de Los Doce). Mi amado colega me preguntó si yo pensaba que la reunión era para tratar algún problema específico actual, y sin darle mayor explicación yo le contesté que no lo creía así. Sin embargo, en mi corazón, tenía la esperanza de que se anunciara una revelación como la que se anunció. Nadie había indicado que tal cosa pudiera suceder; mis sentimientos vinieron solamente por las indicaciones del Espíritu.
 Las propias palabras del Presidente Kimball lo describen mejor: "Tuvimos la gloriosa experiencia de que el Señor indicara claramente que había llegado la hora de que todos los hombres y mujeres dignos en cualquier parte puedan ser herederos y participantes de las bendiciones completas del evangelio. Quiero que sepan, que como testigo especial del Salvador, cuan cerca me he sentido a él y a nuestro Padre Celestial ya que he hecho numerosas visitas a los aposentos altos en el templo, en algunos dias yendo varias veces yo solo. El Señor me aclaró qué es lo que se debía hacer. No esperamos que la gente del mundo entienda estas cosas ya que están muy prestos para dar sus propias razones o para descartar el divino proceso de la revelación."[4]
 Mas adelante el Presidente Kimball dijo acerca del proceso de la revelación:

        Parece ser difícil para muchos el aceptar como revelación los numerosos mensajes...que vienen a los profetas como impresiones profundas e irrefutables que se afirman en su mente y corazón, como el rocío del cielo o como la aurora que reemplaza a la obscuridad de la noche. Parece que muchos hombres no tienen el oído para los mensajes espirituales ni los comprenden cuando llegan de manera sencilla...Por estar esperando cosas espectaculares, uno no está alerta para percibir el flujo constante de la comunicación revelada.
        Cada jueves en las reuniones del templo, cuando después de ayuno y oración, se hacen decisiones importantes, cuando se crean nuevas misiones y estacas, cuando se inician nuevas políticas y sistemas, la noticia se da por un hecho y algunas veces se piensa que es el resultado del razonamiento humano. Pero para quienes forman parte de esos grupos y que escuchan las oraciones del profeta y el testimonio del hombre de Dios; para quienes ven la agudeza de sus deliberaciones y la sagacidad de sus decisiones y pronunciamientos, para ellos, él verdaderamente es un profeta. Escucharlo terminar las nuevas decisiones con expresiones solemnes como 'el Señor está complacido'; 'esa decisión es la correcta'; 'nuestro Padre Celestial ha hablado,' es saber positivamente.[5]

Es tanta la revelación que constantemente viene a este pueblo que no se puede apreciar por completo su amplitud. Sin embargo; nunca jamás es una cosa ordinaria. Como uno que participa en el llamamiento de presidentes de estaca, patriarcas, y otras oficiales de la Iglesia, en base a mi propia experiencia, creo que Enós lo expresó muy bien: "Y mientras así me hallaba luchando en el espíritu, he aquí, la voz del Señor de nuevo penetró mi mente" (Enós 1:10).
 El proceso descrito por el Presidente Kimball y otros que estuvieron presentes puede ser parecido a otras revelaciones que se encuentran en la Doctrina y Convenios, que pudieron haber incluido impresiones profundas. El Presidente Kimball citó un párrafo de Parley P. Pratt que muestra como llegaron las revelaciones al Profeta José Smith: "Cada oración se pronunciaba lenta y claramente y con una pausa entre ellas lo suficientemente larga para que pudieran ser registradas a mano por un escribano. Esta fue la manera por la cual se dictaron y escribieron todas estas revelaciones. Nunca hubo prisa, repeticiones o lecturas a fin de continuar con el tema; ninguna de estas comunicaciones sufrió revisiones, aclaraciones o correcciones. Tal como él las dictó así se quedaron, hasta donde he podido atestiguar; y estuve presente para ser testigo del dictado de diversas comunicaciones de varias páginas cada una."[6]

De la majestad y grandeza de la Doctrina y Convenios en general, el Presidente Joseph F. Smith dijo: "Digo a mis hermanos que el libro de Doctrina y Convenios contiene algunos de los principios mas gloriosos que jamás se han revelado al mundo, algunos de ellos revelados en mayor plenitud al mundo que en cualquier otra época; y esto como cumplimiento de la promesa de los profetas antiguos que en los postreros tiempos el Señor revelería al mundo cosas que han permanecido ocultas desde la fundación del mismo; y el Señor la ha revelado por medio del Profeta José Smith."[7]

En cuanto a la mayor importancia de estas declaraciones divinas, mantengamos nuestro pensamiento claro. Después de haberlas recibido, el Señor espera que algo cambie en nuestras vidas.

El Presidente Heber J. Grant sintió que estas declaraciones divinas eran de poco valor a menos que se convirtieran en parte de nuestra religión práctica. él dijo: "La Doctrina y Convenios está lleno de cosas espléndidas con las cuales debemos familiarizarnos. Pero pueden leer este libro vez tras vez, y aun aprenderselo de memoria, y no les hará ningún bien en tanto que no pongan en práctica sus enseñanzas. Leer un libro por completo sin aplicar nada de las cosas que se enseñan en él no tiene valor alguno. Lo que cuenta son las cosas que leemos y aprendemos y practicamos."[8]



El Presidente Wilford Woodruff tenía un gran testimonio de la Doctrina y Convenios: "Considero que la Doctrina y Convenios, nuestro testamento, contiene un código de lo mas solemne, las proclamaciones mas divinas que jamás se hayan hecho a la familia humana."[9]

Hay una gran responsabilidad que recae sobre cada estudioso de las escrituras de vivir en forma tal que califique para tener la madurez espritual para obtener algo de conocimiento de las declaraciones de Dios y luego la fuerza para hacer que algo suceda. Sobre este tema el Presidente Brigham Young dijo: "Es su privilegio y su deber vivir de forma tal de que puedan entender las cosas de Dios. Existen el Antiguo y el Nuevo Testamento, el Libro de Mormón, y el libro de Doctrina y Convenios, los cuales nos ha dado José, y son de gran valor para una persona que anda en la obscuridad. Son como un faro en el océano, o un letrero que nos indica por qué camino debemos viajar. ¿Hacia donde nos señalan? A la fuente de luz."[10]

En conclusión, me gustaría compartir uno o dos de los conceptos profundos que se hallan en la Doctrina y Convenios que se han grabado en mi mente. Una de las mayores doctrinas que jamás se hayan pronunciado es el concepto de la salvación universal. Por causa de la Expiación, todo la humanidad se levantará de entre los muertos. La Doctrina y Convenios explica muy claramente la doctrina de la salvación universal:

        A fin de que fueran salvos cuantos creyeran y se bautizaran en su santo nombre, y perseveraran con fe hasta el fin;
        no sólo los que creyeron después que él vino en la carne, en el meridiano de los tiempos, sino que tuviesen vida eterna todos los que fueron desde el principio, sí, todos cuantos existieron antes que él viniese, quienes creyeron en las palabras de los santos profetas, que hablaron conforme fueron inspirados por el don del Espíritu Santo y testificaron verdaderamente de él en todas las cosas,
        Así como los que vinieran después y creyeran en los dones y llamamientos de Dios por el Espíritu Santo, el cual da testimonio del Padre y del Hijo. (D. y C. 20:25-27)

Este es un concepto de imparcialidad; otra doctrina que le acompaña es la gran obra vicaria de nuestro templo a favor de quienes han muerto, y por medio de la cual pueden ser tratados uniformemente. Se requiere la obra del templo a fin de implementar la doctrina de la salvación universal. La instrucción dada por medio de Thomas B. Marsh es profundamente iluminadora en términos de nuestra responsabilidad de recibir y enseñar la palabra de Dios:

        Sea de buen ánimo tu corazón ante mi faz, y tú testificarás de mi nombre no solamente a los gentiles, sino a los judíos también; y enviarás mi palabra a los extremos de la tierra,
        Contiende, pues, mañana tras mañana; y día tras día hágase oír tu voz amo-nestadora; y al anochecer no dejen dormir tus palabras a los habitantes de la tierra. . . .
        Tu voz será un reproche al transgresor; y ante tu reprensión cese la perversidad de la lengua del calumniador. . . .
        Ahora te digo, y lo que te digo a tí lo digo a todos los Doce: Levantaos y ceñid vuestros lomos, tomad vuestra cruz, venid en pos de mí y apacentad mis ovejas. (D. y C. 112:4-5, 9, 14)

Una escalofriante advertencia nos llega en la sección 87, en la cual se predijo la Guerra Civil entre los estados del Norte y los estados del Sur. El versículo 6 nos dice del derramamiento de sangre, hambre, plagas, terremotos, y la ira que vendrán bajo la mano castigadora de un Dios Omnipotente. El versículo termina diciendo que las calamidades continuarán "hasta que la consumación decretada haya destruido por completo a todas las naciones" (D. y C. 87:6).
 Me regocijo porque en nuestra época los cielos han sido abiertos y los oídos de nuestro gran profeta han sido abiertos para recibir luz y conocimiento adicionales. Me satisface que ese proceso no es distinto del que el Profeta José disfrutó al traer la mayoría de la Doctrina y Convenios. Doy por supuesto, que ustedes conocen las otras revelaciones que se han agregado recientemente, y que testifican del hecho de que los cielos están abiertos y que las escrituras no están cerradas. Estoy agradecido y agrego mi testimonio de la exactitud y lo apropiado de la doctrina que llegaron en la Declaración Oficial-2, de la cual, según indiqué antes, tuve una visión muy cercana y, junto con mis hermanos, estuve involucrado. Estoy satisfecho de que la Declaración Oficial-2 sea un gran pronunciamiento como los que tenemos en el Libro de Mormón, y de que llegó en nuestro tiempo; ahora, el evangelio puede rodar en muchos países del mundo.
 Así aconsejo y testifico "declararás las cosas que han sido reveladas a mi siervo José Smith, hijo, y a sus sucesores." Pido al Señor que bendiga a este grupo de eruditos para que tengan la iluminación y el entendimiento espiritual para entender los sutiles y grandiosos mensajes que se encuentran no solamente en la Doctrina y Convenios sino también en todas las demás escrituras, y que, habiéndolas recibido y obtenido algo de entendimiento de la intención del Señor con ellas, que tengamos la fuerza y el valor y la sabiduría de implementarlas en nuestras vidas.
Pido que las bendiciones del cielo estén sobre todos y cada uno de ustedes y sobre el gran departamento de Educación de Religión de esta maravillosa universidad que ha auspiciado este simposio. Dicho departamento es algo parecido al ojo del huracán en esta gran universidad y algo parecido a la piedra angular de esta universidad para la promulgación de la verdad. Y el centro de toda verdad es, por supuesto, nuestro Padre Celestial.
 Les dejo el testimonio de mi alma de que Dios ha revelado y revela constantemente por medio de Sus siervos en toda la Iglesia, desde los niveles de las presidentas de la Sociedad de Socorro, las Presidentas de la Primaria, los obispos y presidentes de estaca, los presidentes de misión y las Autoridades Generales, un flujo constante de revelación, la cual, si nuestros oídos espirituales están afinados, podremos recibir e interpretar.
 Personalmente testifico que con frecuencia y regularidad el Señor ha hablado a mi mente y así lo declaro y les dejo esta bendición y testimonio.

Notas:
[1]    José Smith, History of the Church of Jesus Christ of Latter-Day Saints, [La Historia de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos Días] ed. B. H. Roberts, 2. ed., rev. (Salt Lake City: Deseret Book, 1957), 4:461.
[2]    Spencer W. Kimball, The Teachings of Spencer W. Kimball [Las Enseñanzas de Spencer W. Kimball], ed. Edward L. Kimball (Salt Lake City: Bookcraft, 1982), 450-451.
[3]    Bruce R. McConkie, "La Nueva Revelación Concerniente al Sacerdocio," en El Sacerdocio (Salt Lake City: Deseret Book Company, 1982), 144-145.
[4]    Kimball, Teachings, 452.
[5]    Kimball, Teachings, 457-58.
[6]    Kimball, Teachings, 456.
[7]    Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio (Salt Lake City: Deseret Book, 1978), 44.
[8]    Heber J. Grant, Gospel Standards [Las Normas del Evangelio], comp. G. Homer Durham (Salt Lake City: Improvement Era, 1941), 39.
[9]    Wilford Woodruff, en Journal of Discourses [El Diario de Discursos] (Londres: Latter-Day Saints' Book Depot, 1854-1886), 22:146.
[10]   Brigham Young, Discourses of Brigham Young [Los Discursos de Brigham Young], comp. John A. Widtsoe (Salt Lake City: Deseret Book, 1954), 127.

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