miércoles, 2 de diciembre de 2009

Mormones ninguneados

Es un interesante artículo de un no miembro que repara en lo mal visto que muchas veces somos por el resto de la sociedad. Si bien no es un Santos de los Ultimos Dias decidí incluir este artículo en el blog para que reparemos en como nos miran las personas que no conocen el evangelio y además por lo reciente de este artículo.


Mormones ninguneados


Se dicen miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, pero no obstante el acercamiento que se percibe desde hace décadas entre quienes creen en el Evangelio, los mormones siguen siendo mirados con sospecha por los cristianos en general, quienes no los reconocen como tales y los califican despectivamente de “secta”


Raúl Gutiérrez V., periodista, editor de CREYENTES.CL


Octubre de 2009






PERIÓDICAMENTE LOS RESPONSABLES de los mormones realizan cumbres planetarias en Salt Lake City, en el estado de Utah, que es para ellos como el Vaticano para los católicos, a objeto de discutir, imagino, los desafíos que encara esa confesión religiosa y definir orientaciones para sus fieles, cuyo número se calcula en torno a los 15 millones. Es lo que sucede anualmente el último domingo de septiembre o el primer domingo de octubre, oportunidad en la que los hermanos de los distintos templos de cada comuna o diócesis confluyen a la respectiva sede principal a fin de ver y escuchar vía circuito cerrado de televisión las reflexiones y mensajes de sus líderes mundiales.


Un par de días antes había yo tratado de averiguar a qué hora era culto dominical en el pulcro templo mormón, semejante a tantos otros que han surgido por doquier a lo largo de Chile en el último cuarto de siglo, ubicado a pocas cuadras del condominio en que vivo en el barrio Recreo, en Viña del Mar. Me costó un mundo conseguir información por teléfono. En la guía aparecen más de 35 números bajo el título Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días para el conglomerado urbano que conforman Valparaíso y Viña, pero aunque disqué más de una docena de alternativas nadie me respondió. Ello hizo que se acentuara en mi espíritu la percepción de que ésta es una iglesia en buena medida fantasma, con una soberbia infraestructura en materia de templos, pero con un escaso grado de utilización . A lo mejor son muy optimistas y los construyen bien amplios respecto de sus necesidades actuales, confiando en que la feligresía seguirá en sostenido aumento. No es extraño entonces que tengan ene números de teléfonos, pero quizá les falten voluntarios para atenderlos.


Cuando estaba a punto de estirar la esponja, alguien al fin me respondió al otro lado de la línea y me dijo que el culto dominical era a las 10 hrs y que el siguiente domingo había, creí entender que adicionalmente, “la conferencia”. Debió suponer que yo era un mormón o al menos una oveja un tanto alejada que quería reencontrarse con la iglesia, ya que si me hubiera dado mayores explicaciones, o ya las hubiera solicitado, me habría evitado levantarme más temprano que lo habitual aquel domingo y darme el plantón que protagonicé un rato más tarde.


Junto con tomar conciencia de que el templo que me queda más cerca desde el punto de vista físico es uno mormón, me reiteré que a mí lo que me interesaba, antes de escribir acerca de los fieles de esa Iglesia, era concurrir por primera vez en mi vida a un culto de esa religión y respirar el ambiente que allí se vive. Me declaré enseguida consciente de que lo haría desde mi sensibilidad de cristiano educado en la fe católica, aunque preocupado por la discriminación odiosa de que siento que son víctimas los mormones, lo cual sirvió para que me tranquilizara o para ensayar una excusa para el evento de que a la entrada me interrogaran acerca de mis intenciones.


Minutos de las 10 de la mañana del primer domingo de octubre de 2009 cruzamos tomados de la mano con mi mujer la Plaza de Recreo y nos acercamos al templo mormón que luce, como todos los de su género, una torre sin cruz y una enorme placa con la leyenda “Iglesia de JESUCRISTO de los Santos de los Últimos Días”. Pero ya a media cuadra de distancia percibimos que nuestra incursión resultaría un fracaso porque la puerta de la reja exterior se notaba cerrada, no había ningún grupo de personas a la entrada -más precisamente penaban las ánimas- y la acera estaba vacía, sin ningún automóvil que delatara la concurrencia de publico.


Paseamos una y otra vez frente a la reja mirando hacia adentro, con la esperanza de encontrar un alma que nos dijera qué pasaba. Tampoco ni un timbre había a mano para llamar. Me llamó de nuevo la atención la ausencia de algún letrero que indicara las horas de las celebraciones o de la atención de la oficina. La soledad dejaba más de manifiesto la funcionalidad y amplitud de las instalaciones. Detrás del templo un moderno edificio de tres pisos y con más 16 ventanas, que deben corresponder a otras tantas salas; estacionamientos de superficie para una quincena de automóviles y la habitual cancha de baby-basket. Tuvimos pues que devolvernos a casa con mi mujer, yo bastante frustrado porque me había puesto incluso corbata, pues creí haber escuchado que los hermanos de esta religión son sumamente formales en sus ceremonias.


Decidimos regresar al mediodía pues a esa hora debía tener lugar “la conferencia” de la que me habían hablado y que yo supuse que se trataba de una charla quizá apoyada de diapositivas. Volvimos pues al par de horas, esta vez en auto, y encontramos el mismo panorama de desolación, lo que intensificó mi diagnóstico acerca de la subutilización de los templos e instalaciones mormones. Una súbita inspiración, espero que divina, me hizo tomar la decisión de enfilar hacia el centro de Valparaíso, a una cuadra de la Plaza de la Victoria, donde se emplaza el principal templo mormón de la ciudad patrimonial de Chile. Ahí era más posible que encontráramos al menos alguna pista acerca de las reuniones mormonas.


Llegamos en pocos minutos y vimos que la reja estaba abierta, sólo vigilada por un enorme quiltro negro, que en todo caso mostró una actitud fraterna. El panorama, sin embargo, tampoco se presentaba muy auspicioso en cuanto a concurrencia, ya que pudimos estacionar casi al frente de la puerta principal, es decir había muy pocos automóviles en la calle. La mampara estaba abierta y entramos por un pasillo, donde había por aquí y por allá 4 o 5 personas. Le preguntamos a una señora si había un culto a esa hora y nos respondió “están todos viendo la conferencia”. Recién entonces caí en cuenta. Estaban observando los discursos o mensajes de altos jerarcas de la Iglesia con motivo de la cumbre semestral en Salt Lake City. La señora abrió una de las puertas de un enorme salón donde la concurrencia observaba en una pantalla de gran tamaño la prédica de un jerarca, quien hablaba en inglés, con doblaje instantáneo al español. Dicho sea de paso, una traducción muy buena, con un excelente uso de nuestro idioma.


Quedamos instalados al medio del salón. La concurrencia, que andando la función, y tras miradas furtivas hacia atrás, calculé en unas 200 personas, escuchaba en silencio religioso, sólo interrumpido por los desplazamientos impacientes de algunos párvulos, la sucesión de prédicas y oraciones, que se prolongaron por casi dos horas.


Como periodista de dilatada trayectoria y que posee una buena formación intelectual en el cristianismo, todos los mensajes me parecieron impecables y en varios momentos de una elocuencia conmovedora. Escuché una y otra vez hablar de Dios Padre, de Jesucristo nuestro salvador, del Espíritu divino, del mensaje de vida que entrega el Evangelio, de cómo seremos salvados según la actitud que asumamos frente al próximo, de la necesidad de practicar la caridad, la humildad, la paciencia, la esperanza, del imperativo de la oración, del pecado de juzgar livianamente y de excluir a quienes son diferentes. En esas casi dos horas escuché referencias a la parábola del hijo pródigo y el buen samaritano, así como a las bienaventuranzas. En los pasillos observé varias pinturas representando a Cristo en oración antes de ser apresado, predicando el sermón de la montaña y multiplicando los panes: un Cristo rubio, cierto, poco creíble teniendo en cuenta que era un judío nazareno, pero en mi vida he visto esa misma representación, que apenas disimula una desviación racista, en muchos otros templos, católicos y protestantes.


Durante la función no se rezó el Padrenuestro ni el Credo; y si bien los mensajes de los jerarcas que se fueron sucediendo en el púlpito, entre ellos una mujer treintona, terminaron todos con un solemne “en el nombre del Señor Jesucristo”, nadie hizo la señal de la cruz. Me llamó la atención que este instrumento de suplicio, pero también de salvación, brillara por su ausencia, con o sin ocupante. En los dos momentos dedicados a la oración durante ese encuentro, observé de reojo a la gente muy concentrada, aunque sin gritos ni gestos acaso histriónicos que son propios de los fieles pentecostales.


Quedamos sentados junto a un par de esos misioneros de camisas cuya blancura parece hacerle propaganda al Rinso que se desplazan a sol o sombra por calles y barrios, pero ellos al cabo de algún rato ellos se retiraron. No hubo colecta ni presión alguna sobre estos dos visitantes, pese a que me parece evidente que se percataron que nosotros dos no éramos de la grey. Nadie nos importunó a la salida ni nos presentó una canasta para entregar ofrenda, pese a que de adrede nos demoramos en revisar los avisos de una pizarra. Sólo un de los misioneros nos hizo entrega, amablemente, tratándonos de “hermanos”, de un papelito invitándonos a una función de cine el siguiente fin de semana.


A la salida comprobé que muy pocos eran los fieles que abordaban sus automóviles y que la gran mayoría se dispersaba a pie en procura de la locomoción colectiva. Con mi mujer comentamos que nos habíamos sentido muy edificados con los mensajes, tanto o más que si ese domingo hubiésemos concurrido a un templo católico o protestante. Nos llamó la atención asimismo no haber escuchado una frase ni alusión descalificatoria respecto de los fieles de otras religiones, sino por el contrario un llamado reiterativo a hacer el bien a todas las personas, sin consideración de raza, creencia o condición social.


SECTA PSEUDO-CRISTIANA


Tras aquella experiencia, un tanto aleccionadora en lo personal pues durante largo tiempo había tendido a considerar con algún desdén a los mormones, leí con desagrado un artículo que encontré hurgando en la Internet, publicado a fines de lo noventa en una revista de cierto nivel intelectual, ya que pertenece a la Pontificia Universidad Católica de Chile. “Los mormones: credo e importancia” se denomina el artículo, que destila un tufo panfletario, pese que el autor, Augusto Merino Medina es Magíster en Sociología Política nada menos que por la Universidad de Essex, Inglaterra. Si optó por considerarlo en esta crónica es porque su contenido y tono se asemejan mucho al material sobre los mormones que se encuentran en sitios ajenos a esa iglesia y reflejan la actitud “ninguneadora” que tienden a asumir los cristianos en general respecto de esta congregación religiosa.


El experto evoca, de partida, desafortunadas expresiones de Juan Pablo II en 1985 en cuanto en que en los diversos países de América Latina el problema número uno lo constituye cada vez más el problema de “las sectas”, despectiva denominación de la que fue víctima el cristianismo antes de que, traicionado en buena medida el mensaje de Jesús, se convirtiera en la religión oficial del Imperio Romano. Enseguida, Merino Medina asevera que es difícil encontrar en el mundo contemporáneo, dentro del ámbito de las sectas y nuevos movimientos religiosos, una iglesia pseudo-cristiana fundada sobre bases más inverosímiles que la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, cuyos miembros son conocidos como “mormones”. Es la introducción para un prejuiciado análisis respecto de la historia, organización y postulados de esta confesión.


Parte aseverando que “como es usual en las sectas, la historia de los mormones está íntimamente vinculada con la de su fundador y los rasgos de su carácter”. Afirmación desafortunada. ¿Acaso el islamismo no está marcado a fuego por la peripecia vital de Mahoma? ¿Y es posible entender el budismo sin hacer referencia a Siddharta? ¿Y podemos adentrarnos en el protestantismo sin tomar en cuenta la vida y hasta contextura psicológica de Martín Lutero? Y el judaísmo, ¿es comprensible si hacemos caso omiso de Moisés y su larga marcha por el desierto en busca de la Tierra Prometida?


Ciertamente se requiere mucha credulidad para aceptar que Joseph Smith, un joven estadounidense criado en un hogar campesino de Vermont de co mienzos del siglo XIX, cuyos padres eran profundamente religiosos, haya tenido todavía adolescente visiones celestiales en las que se le hizo saber que Dios Padre y su hijo Jesucristo se aprestaban e restaurar en la tierra el cristianismo originario. Se requiere tanta fe como aceptar que la Virgen María se haya aparecido a unos pastorcitos analfabetos en Fátima o a una modesta joven en Lourdes.


Smith fue pronto visitado por el ángel Moroni, quien le comunicó la existencia de un libro escrito en tablas de oro, en el que estaba contenida la plenitud del Evangelio eterno, tal como había sido entregada personalmente por el Salvador a los primitivos habitantes de América. Si me lo preguntan, en lo personal no suscribo esta creencia, pero me abstendría de calificarla de “patraña” porque yo, por mi parte, creo que dos mil años atrás el Dios envió a otro ángel a un remoto pueblito en la Palestina a informar a una modesta muchachita judía que había encontrado gracia a sus ojos y que concebiría en su seno virginal nada menos que al Mesías tan largamente esperado por ese pueblo. Me molestaría mucho que alguien calificara esta creencia de fruto de una mentalidad fantasiosa, como lo hace el mencionado sociólogo respecto de los mormones.


Es cierto que Smith y su sucesor llevaron vidas bastante aventureras y tuvieron problemas con la justicia humana, al punto que el primero murió linchado al interior de una cárcel. Sin embargo, debo apuntar que Jesucristo no murió de viejo en una cama, sino que fue ejecutado junto a un par de malhechores, acusado de impostor, farsante y agitador. Miles de sus primeros seguidores fueron martirizados por personas que creían que al liquidarlos, estaban haciendo un bien a la humanidad, entre ellos un tal Saulo de Tarso, que después se convertiría en San Pablo. Es posible que la vida de Mahoma, que no trepidó en tomar las armas para perseguir infieles y expandir la fe musulmana a la entrada la Edad Media, no se ciña a la de un santo estilo Francisco de Asís o Alberto Hurtado, pero cabe recordar que algunos siglos más tarde la Iglesia lanzó sucesivas cruzadas, que aparte de constituir empresas de pillaje, buscaban la alegre degollina de miles de personas cuyo grave pecado era tener creencias religiosas distintas de los cristianos.


Cierto es que los primeros mormones consintieron y hasta estimularon la poligamia, una práctica que hicieron suya muchas grandes figuras del Antiguo Testamento, lo mismo que Mahoma y que ese gran defensor de la fe, como llamó el papa de la época al rey Enrique VIII, de Inglaterra, más tarde fundador del anglicanismo, optó por reemplazar por una sucesión de experiencias monogámicas, sólo que terminaba cada una de ellas mediante el asesinato de la desdichada esposa caída en desgracia. Por otro lado, muchos de quienes adhieren a una supuesta monogamia, acumulan esposas o amantes a lo largo de sus vidas, por lo que su conducta práctica no difiere mucho de la de un polígamo, que en todo caso profesa gran respeto por el vínculo mucho más que puramente carnal que establece con cada una de sus mujeres. Para qué hablar de la vida licenciosa de numerosos papas y cardenales en los tiempos de Renacimiento, aunque no tenemos que irnos tan atrás, ya que el análisis de revelaciones de los últimos años basta para recordar a algunos jerarcas católicos aquello de “quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.


En la conferencia que me tocó observar vía satélite hubo una predicadora que entregó su mensaje. No es demasiado si se considera que los oradores fueron seis o siete, pero me parece que la participación femenina es ya sustancialmente superior a la que se registrar en los concilios o sínodos que tienen lugar en El Vaticano. Es cierto que las mujeres han tendido entre los mormones a ser relegadas a las tareas que muchos, fieles o no este Iglesia, consideran propias del sexo femenino, pero este pecado lo han cometido muchas religiones a través de los siglos, invocando para esta discriminación los más absurdos argumentos. La Iglesia Católica no acepta mujeres en el sacerdocio, son pocas las ministras en las congregaciones protestantes o evangélicas, entre los musulmanes las mujeres no destacan, los judíos tradicionales las consideran seres de segunda categoría, en fin.


Se podrá argumentar que los mormones fueron hasta bien entrado el siglo XIX partidarios de la esclavitud, pero en su descargo hay que decir que tampoco el cristianismo de los primeros siglos se opuso a esta práctica, que muchos seguidores del Evangelio se las arreglaron hasta fines del siglo XIX no sólo para tener esclavos, sino para traficar con ellos, y que en Sudamérica durante la Colonia se libraron intensos debates teológicos para determinar si los aborígenes tenían o no alma.


En cuanto a la riqueza un tanto ostentosa que ha ido acumulando esta religión merced al diezmo que pagan sus fieles, digamos que algunas respetables iglesias, cuyos bancos o líderes de congregaciones han protagonizado increíbles escándalos en períodos recientes, tienen en esta materia tejado de vidrio. Está claro que al menos parte considerable de los recursos que los mormones captan de sus fieles los destinan a la construcción y alhajamiento de impecables templos, capillas y recintos comunitarios, lo que nadie podría de buena fe criticar.


Cierto es que tienen algunas creencias que suenan estrafalarias, como eso de interesarse en los pasados remotos de cada quien, a fin de “sellarlos”, es decir permitirles el bautismo con efecto retroactivo, para decirlo en términos simples. Pero la verdad es que eso de amarse “hasta que la muerte los separe”, con todo lo hermoso que parece en un mundo en que todo se ha tornado desechable, resulta insuficiente a numerosas parejas y familias, que aspiran a seguir unidos más allá de la muerte, por toda la eternidad.


VALIDEZ DE LA FE MORMONA


Numerosas son las críticas acerca de la verosimilitud del “Libro de Mormón”. El artículo de Merino Medina señala que el “egipcio reformado”, lenguaje en el que Smith alegaba que había sido escrito, y que se hablaba en América hace unos 1.500 años, no ha existido jamás. El texto mismo, proveniente en gran parte de la Biblia (Pentateuco, profecías de Isaías, Sermón de la montaña), está compuesto de quince libros. De éstos, el número 14 lleva el nombre de Mormón, del cual toma su título el conjunto.


El texto, concluido y enterrado en el año 421 de la llamada era cristiana contiene citas de la traducción inglesa de la Biblia del Rey Jaime, publicada en 1611, y de Shakespeare, nacido 1.100 años después de escrito el libro; atribuye a Dios el nombre de “Jehová”, vocalización masorética de YHWH, hecha después del enterramiento; alude a la existencia de vacas y otros mamíferos que sólo llegaron a América en 1492; contiene expresiones en francés, como “adieu”, etc. Según el profesor Peter Meinhold, de Kiel, se trata de “la más hábil falsificación que la época moderna haya producido”. Según otros autores, el libro es un plagio de la novela histórica “The manuscript found”, de Solomon Spaulding.


Este periodista, estudioso de diversas religiones, carece de la preparación intelectual para entrar en ese debate y en verdad le fatiga siquiera intentarlo. Respeto el quehacer de los teólogos y coincido en que debemos tratar, con el auxilio de la razón, de avanzar en el camino de discernir hasta donde sea posible la verdad de la mentira, lo cierto de lo falso. Pero me parece que en esta materia es aplicable también la sabia máxima de Pascal: “el corazón tiene sus razones que la razón no comprende”.


Cabe recordar que los cuatro evangelios que reconocen las iglesias cristianas en general son los sobrevivientes de una gran cantidad de escritos que datan de los tiempos de Jesús. No existen razones abrumadoras para explicar por qué los evangelios son cuatro y no diez o quince, aparte de que periódicamente surgen versiones de hallazgos de nuevos textos supuestamente sagrados que podrían cuestionar la validez de los textos oficiales. Si bien los evangelios que han recibido la bendición oficial presentan notables coincidencias respecto de los dichos y actos de Jesús, también exhiben diferencias y hasta discrepancias. Por otro laod, el contenido mismo de los evangelios envuelve frases altamente contradictorias de Jesús, como aquella de que “no he venido a traer la paz sino la espada”, en contraste con “la paz os dejo, la paz os doy”. Eso, para mencionar uno de múltiples ejemplos, que obligan a interpretaciones de lo que el Señor quiso decir o sugerir en cada caso, considerando el contexto y las circunstancias.


Adicionalmente, no es necesario jugar a imitar al autor de la novela El Código da Vinci para señalar que hay estudiosos que ha llegado a sospechar que San Juan estaba bajo el efecto de alucinógenos cuando escribía ese libro misterioso e incomprensible que es el Apocalipsis. Así que me parece necesario matizar las críticas implacables que se lanzan contra las revelaciones de que los mormones se declaran depositarios.


LOS TRECE ARTICULOS


El artículo del sociólogo Merino Medina reproduce enseguida lo que podríamos llamar el Credo Mormón, tal como aparece en otro de los libros sagrados de esta confesión, La Perla de Gran Precio


El análisis de estos trece artículos lleva a este sociólogo católico, Merino Medina, a concluir que estamos en presencia de un credo sincrético, en que se mezclan elementos cristianos y paganos. Un punto crucial es que la iglesia mormona fundada por Smith se considera la única y auténtica heredera de la Iglesia de Jesús. La primera Iglesia se habría corrompido radicalmente en la era post-apostólica, dando lugar a la “gran apostasía” -otra idea central en la fe mormona-, contra la cual Dios suscitó a Smith, restaurador de la plenitud del evangelio.


Cabe recordar que hasta el Concilio Vaticano II la Iglesia Católica enseñaba que fuera de ella no había salvación, tesis que siguen compartiendo muchos de sus jerarcas actuales, pese a la apertura que el Vaticano ha impulsado desde entonces. Esa postura llevaba obviamente a la intolerancia religiosa y fue causa de muchas guerras iniciadas en nombre de Jesús, el mismo que proclamó el amor a los enemigos.


El estudio del sociólogo agrega que la idea mormona de Dios difiere totalmente de la que encontramos en las religiones relacionadas con la Biblia (judaísmo, cristianismo e islamismo). Dios es supremo en nuestro universo; pero hay otros universos y una multiplicidad de dioses. Por otra parte, El no es creador de este universo, el cual parece haber existido desde siempre, sino sólo organizador de la materia preexistente.


A este respecto, merece observarse que si la Iglesia Católica reconoce a un solo Dios, brinda a la Virgen María un culto tan pero tan especial que muchas personas tienden a confundirse y que amplios sectores evangélicos han denunciado como una forma de idolatría. También el culto a los santos, algunos de los cuales no resistirían un análisis objetivo de su conducta, ha suscitado severas reservas en otras confesiones cristianas.


Merece destacarse que las iglesias cristianas en general han protagonizado en las últimas décadas un promisorio acercamiento, al punto de reconocer como válido el bautismo que cada una de ellas administra a sus fieles. Pero, claro, bautizan en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, es decir de la Santísima Trinidad, y ahí está la piedra de tope con los mormones. Tanta importancia atribuyen las iglesias cristianas en general (católica, ortodoxa, protestantes, evangelistas, etc) a este punto, que es por esa causa en definitiva por la que ningunean a los mormones. No los consideran cristianos y les plantan el calificativo ingrato de “secta”. Así, quien nació en una familia católica y fue bautizado cuando guagua, pero después, cuando adulto, decide hacerse bautista o luterano o anglicano, no tiene necesidad de volver a bautizarse; y viceversa. Pero quien se bautizó en la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y después quiere convertirse al catolicismo, pues tiene que recibir de nuevo el sacramento iniciático.


Es que, en palabras del sociólogo Merino, los mormones no reconocen la Santísima Trinidad. “Lejos de ser una unidad substancial, las Tres Personas son independientes: Padre, Hijo y Espíritu Santo están separados como cualquier grupo de tres individuos; pero su unidad en los designios y en la acción es tal que las disposiciones de los tres son una sola cosa. No hay, pues, propiamente un Dios, sino tres dioses”. Eso lleva al investigador a sostener que “la secta” es, claramente, no cristiana. “No comparte con el cristianismo algunos de los puntos esenciales de la fe, como la concepción de un Dios Único y Espiritual, la idea de que El es Creador de todo a partir de la nada, la creencia en la Santísima Trinidad, el concepto de pecado original, el significado de la misión del Redentor, la creencia en la Revelación como algo concluido con la muerte del último apóstol, el lugar de la Biblia en la Revelación, la naturaleza del hombre como unidad sustancial de cuerpo y alma (como quiera que se la exprese en las diversas variantes cristianas), y un elenco de otras creencias sin las cuales el cristianismo se desvirtúa”.


El problema para sus detractores es que los mormones se presentan como miembros de “la auténtica iglesia de Cristo”, una pretensión que no puede menos que considerarse arrogante y que por cierto no favorece la construcción de instancias de diálogo y cooperación con otras comunidades de creyentes en Jesús.


El sociólogo Merino Medina señala que esa pretensión, sumada a la abundante disponibilidad de recursos para el proselitismo transforma a la iglesia mormona en “una de las más peligrosas para la fe católica en nuestro continente”. Felizmente el autor deja constancia, aunque sólo a la pasada, que estos juicios suyos “no tocan para nada, por supuesto, a la moral y al encomiable espíritu con que los mormones viven su religión”. Menos mal. Si hemos de creer al Señor Jesús, “por los frutos los conoceréis” y, sin perjuicio de las debilidades y deficiencias que son propias de la naturaleza humana, habría que dejar constancia que son muchos los mormones que dan hermosos ejemplos de vida consagrada a Dios y a sus semejantes.


SAN AGUSTIN Y LA SANTISIMA TRINIDAD


En el colegio católico en que hice la secundaria el sacerdote a cargo de la clase de religión nos contó una vez que uno de los más grandes teólogos de la Iglesia, San Agustín, estaba una mañana, mientras se paseaba junto al mar, meditando y tratando de comprender el “misterio”, así se llamaba y supongo que se lo sigue considerando igual, de la Santísima Trinidad, que consiste en tres personas distintas, pero un solo Dios no más. Pese a su deslumbrante inteligencia, Agustín no lograba avanzar lo suficiente en la comprensión de este misterio que hace a Jesús de la misma naturaleza del padre y a éste, un clon del Espíritu Santo, cada uno de ellos una persona distinta, pero que piensan y actúan como si fuesen uno. ¡Qué digo, todos nosotros estamos devorados por tensiones internas y a menudo pensamos una cosa y hacemos otra! No, los integrantes de la Santísima Trinidad actúan en forma de veras unitaria, sin dejar por eso de ser personas diferentes, dignas todas ellas del mismo honor y adoración.


En medio de sus cavilaciones San Agustín divisó a una parvulito que jugaba alegremente en la playa. El santo que quedó observándolo, curioso. El niño había cavado un agujero en la arena y tenía una especie de balde que corría a llenar al borde del mar. Enseguida corría presuroso y vaciaba el contenido en el hoyo. Luego repetía el procedimiento una y otra vez. El teólogo no resistió la tentación de preguntarle qué se proponía. El párvulo le confidenció que pretendía vaciar todo el agua del mar en ese hoyo, ante lo cual Agustín no pudo evitar un estallido de risa, para tratar luego de explicarle que ésa era una misión imposible. Entonces, con cara muy seria, el niño, que por supuesto no era un niño cualquiera, le enrostró: “¿Y cómo usted pretende meter en su cabeza el misterio de la Santísima Trinidad?


Alguna vez, en el pasado remoto, cuarenta años atrás, intenté entender un poco más de este misterio, pero a poco andar tiré la esponja y ahora, ya sexagenario, es un tema que me interesa poco como cristiano. A decir verdad, pese a la importancia que los expertos asignan al tema, nunca he sufrido insomnio por creer en un Dios Padre, creador del cielo de la tierra, y, al mismo tiempo, en Jesucristo, su hijo, de la misma naturaleza del Padre y que vino a reconciliarnos con El; y en el Espíritu Santo, dador de vida y que nos ha hecho comprender esta revelación y que actúa en el mundo a través de todas las personas de buena voluntad.


Las disquisiciones filosóficas o teológicas son muy válidas y respetables, por cierto, aparte de útiles pues Dios nos dio inteligencia y quiere que la utilicemos también para entenderlo mejor, siempre, a mi juicio, que los resultados de tal ejercicio no sean utilizados como argumentos en favor de posturas intolerantes y de un orgullo que contraría el espíritu del Evangelio, o para entregar municiones una animosidad que lleva a la descalificación o a la discriminación de otros grupos de creyentes.


Ninguna pretendida búsqueda de la verdad es inspirada por Dios si ella tiene por objeto denigrar o menospreciar a otros hermanos en la fe, cuyas intenciones no tenemos derecho a enjuiciar. No se puede invocar un supuesto amor a la verdad para hacer añicos la caridad, ya que ello supone incurrir en el fariseísmo que con tanta fuerza condenó Jesús. Cristianos son todos los que se reclaman discípulos suyos, incluidos por cierto los mormones, aunque piensen o crean distinto que yo o que mi congregación. Sólo el sincero respeto mutuo, la plena conciencia de los propios pecados y de las luces y sombras de las distintas iglesias a lo largo de su historia, puede ser la base para un acercamiento leal y para proyectar ante los no creen en Jesús una imagen más creíble del amor al que El nos urgió como discípulos suyos.








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