viernes, 1 de enero de 2010

La Navidad y el Año Nuevo

Tomado de www.lds.cl
Elder Mario Guerra

                    En Isaías 9:6 leemos: "Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado estará sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz". Nuestro Padre Celestial nos dio este extraordinario regalo, Su Unigénito Hijo como una dádiva divina, con la finalidad de que a través de Él nosotros pudiéramos tener la esperanza de regresar a Su presencia. Sin embargo, este conocimiento se ha perdido u olvidado y las tradiciones han pasado a ocupar el primer lugar, reemplazando a lo que se encuentra registrado en las escrituras en donde encontramos las razones por las que Jesús el Cristo vino al mundo.



                      Él vino por causa del amor del Padre por cada uno de nosotros. Él vino porque Su amor por el Padre y por nosotros es perfecto. Vino para enseñarnos a través de Su ejemplo, para mostrarnos el camino y el modelo que debíamos seguir. Vino para cumplir con la maravillosa doctrina de la expiación, para tomar sobre Sí los pecados del mundo, por cuanto Él era el único que podía realizar este extraordinario acto de amor.


                    Los profetas describieron desde la antigüedad los propósitos por los cuales el Hijo Amado, el Primogénito y Unigénito de Dios vendría a esta Tierra. En Isaías 53:10 se mencionan en detalle los padecimientos que Cristo sufriría. Él mismo, en su visita a las Américas, da Su testimonio personal respecto de Su misión (3 Nefi 27:13,14).


                     Nuestro desafío personal es llegar a conocer y entender el maravilloso plan de felicidad en el que Jesucristo es el centro.


                     Nuestra esperanza es que todos podamos centrar nuestra vida en Cristo; si así lo hacemos, muchas cosas cambiarán en nuestra vida, en la vida de nuestras familias y amigos, en la comunidad, en el mundo.


                    La Navidad debería ser un tiempo de reflexión, de meditación. La tradición nos ha impuesto la obligación de realizar intercambio de regalos, lo cual nos lleva en ocasiones a olvidar lo que es más importante.


                    El Salvador nos enseñó a servir, a amar al prójimo, a compartir lo que tenemos con los demás. ¿Qué es lo más preciado que tenemos? El evangelio que es la perla de gran precio. En este tiempo o mejor aún, en cada oportunidad que tengamos, demos el mejor regalo que el ser humano puede recibir: el conocimiento de que Jesús es el Cristo, que a través de Él nuestros pecados pueden ser perdonados, que podemos recibir las ordenanzas de salvación y vida eterna y que las familias pueden ser eternas.


                     En estas fechas también expresamos nuestros deseos: "que el próximo año sea mejor que este". Pero, ¿qué podemos o debemos hacer para que el próximo año sea mejor que el que ha pasado? Fijemos nuestras prioridades y pongamos en nuestra mente aquellas cosas que deberíamos haber hecho y que no hicimos. Alguien expresó muy bien cómo fijar nuestras prioridades: "El mandamiento más importante es aquel que más nos cuesta cumplir."


                      Que Dios nos bendiga en nuestros esfuerzos por ser mejores esposos, padres y miembros de la Iglesia.







No hay comentarios:

Publicar un comentario